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Relato: El gigante y la abeja

Fue ese día 13 de abril de 2014, estaba leyendo una novela en el patio, un día extraordinario de primavera, el naranjo ya con su media flor de azahar, junto con los nuevos capullos de las azucenas. Algunas de las abejas, al olor de las flores merodeaban, escuchando el clásico zumbido alertador de sus alas, cuando de repente se deje de escúchalo. Mi vista fue al árbol en flor, intentando averiguar lo que ocurría, el porqué de ese silencio, pensé que ya se fueron a la colmena. En ese momento me levante con dirección a la puerta de acceso al interior de la vivienda, sorprendiendo que en el suelo, y con pocos movimiento, estaba la abeja, no se podía levantar, falleciendo minutos después.

-Quizás un paro cardiaco.- pensé de broma, pero la realidad no fue ese el motivo. Hace tiempo, un familiar que tenía colmenas, me comentó que las fumigaciones con las avionetas se las estaban cargando.

Recordé que esos días atrás los agricultores fumigaban con sus tractores las hierbas junto al olivar parar que no creciera el verdor de las espigas altas, y se quedara en pastos secos en los posteriores meses de calor evitando posibles fuego en los montes. Prácticas más baratas que el arar la tierra, arrancar los matorrales o hierbas que en flor, que en primavera, agotando las existencias del polen de las plantas, y extinguiéndose estos pequeños animalitos polinizadores de flores.


Historia de una abeja. El Magacín.


Una vez retirada el cadáver de la abeja, pues cientos de hormigas acudieron a tan sabroso festín, otra se precipito al suelo, en ese momento el gigante de veintidós años de 1’80, apareció con grandes zancadas, le advertir, “cuidado” que pisas a esta abeja.
Le expliqué, como ocurrió, y si más lamento, corrió hacia la cocina saco el azucarero, un vaso de cristal con agua, apareciendo al momento dando vuelta con la cuchara a la dulce mezcla.

Vertiendo con la cuchara el líquido dulzón en pequeñas gotas, sobre la abeja, seguro que tiene agujetas, le pregunte, dándome una fulmínate mirada, no te enfades si se está muriendo le dije, yo no tengo la culpa.

Mientras que vertía el pequeño elixir sobre su pequeña amiga, me explico que el agua y el azúcar eran como una medicina para ella.
Además de ingeniero me salió ecologista, alegrándome de tan delicada y responsabilidad de mi hijo, con esta sociedad. Observando como la abeja bebía el zumo azucarado.

Hoy en días 30 de Abril, escribiendo estas líneas de como el, un gigante hombre se volcó con este pequeño insecto, tan querido como son las abejas. No me acuerdo de las explicaciones, qué me dio ese día, y porque el agua con azúcar la reavivo?

Así que pasado unos minutos, no levantaba el vuelo, habremos llegado tarde me dijo el adolencente, y yo con dulzura cogí, dos hojas de papel de periódico con la intención, de levantar la abeja y llevarla, hacia el tronco del naranjo para que otros insectos no acudiesen a festejar nuestra derrota.

Y en ese momento cuando la empuje hacia la otra hoja, la abeja, fue levantando el vuelo, alegrándonos mi hijo y el que lo narra este relato.

Dándole la enhorabuena a mi hijo por tan orgullosa acción protectora y pensado si era la mismísima encarnación de mi suegro que le apasionaban las abejas, llegando a tener su familia más de quinientas colmenas, unas parte de ellas de corcho, están en el desván de la que era su morada.

Terminando de narra esta experiencia, al día siguiente uno de Mayo, amaneció un día limpio caluroso y sin nubes, que nos acostumbró el tiempo en esos pasados días de puente.
Salimos al patio aprovecharnos de esos maravillosos rayos de sol, del mediodía, con el replicar de la campana de la iglesia, a escasos metros de la vivienda, invitaban rezar el Ángelus, a compás del replique.

Acorde con el cantar de los pájaros del pueblo, el zumbido de la abeja de golpe se paró, precipitándose al suelo, no pudiendo levantar otra vez el vuelo, por sus cortas alas.
Me percate de su agotada caída, acordándome de la pasada Semana Santa cuando el Gigante, preparo el néctar de la vida, imitándole, fabrique el elixir.

Aparecí dando vuelta con la cuchara dentro del vaso, me fui hasta donde estaba la paciente enferma, vertiendo el depositó de la cuchara, sobre ella.

Espere unos minutos, no levanto el vuelo, así que cogí el recogedor de la escoba, con la intención de traslada a la enferma abeja hacia el tronco del naranjo.

Cuando la abeja, en un abatir de alas, se lanzó hacia mí, en un susto corrí, para protegerme y echarle encara, tan osada recuperación no dejando de gritarla, “ahora que te curo vas y me quieres picar”.

Como el cuento de la Rana y el Alacrán, pero no fue así, creo que fue un vuelo de agradecimiento por haberle dado otra vez la vida. Después de comprobar el resultado de el elixir.

Se lo conté a mi mujer, como salve una Abeja de una muerte segura, gracias a los conocimientos que nuestro hijo tenía para este caso y que yo aprendí de él, esa pasada Semana Santa.

Así que cogí el celular, abrí la aplicación del WhatsApp, busque el contacto de mi hijo, le narre lo ocurrido y le envié por este medio la fotografía de la Abeja.
Preguntado por qué le pasaba esta cosa a las abejas del naranjo. No supo contestarme, lo único que me dijo que las abejas se deshidratan como nosotros, pero nosotros a tener esos síntomas de flojedad, bebemos líquidos ricos en azucares.

Mientras que las abejas, no saben lo que les ocurren no sabiendo que se deshidratan, no teniendo claro el instinto de buscar agua, pues ella bebe durante las floraciones, buscando el Polen.
La próxima vez que vaya al pueblo, preguntare a los colmeneros, si ellos saben que también las abejas se deshidratan y como lo solucionan ellos.
Un relato de Manuel Hidalgo
elpaisdelapieldeltoro@hotmail.com
Ciudad Real 14 de Abril 2017

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